Agente 007 contra el Dr. No (1962)


Cuando hace más de cuarenta años se estrenó en los cines Agente 007 contra el Dr- No, nadie pensó, o muy pocos lo hicieron, que iba a ser la primera entrega de una serie que se ha prolongado hasta nuestros días y que su personaje central, el agente secreto James Bond, iba a convertirse en un mito analizado desde mil puntos de vista, odiado y criticado y, en suma, objeto de una desmesurada popularidad. Mucho se ha escrito sobre la primera adaptación de la obra de Ian Fleming para el cine: ese fue el punto de partida para un actor desconocido, el despegue de una de las más largas series de la historia cinematográfica y el de la aparición del bikini blanco más famoso del mundo del celuloide. Lo cierto es que la fabulosa historia de 007 se debe a una de esas curiosas combinaciones de predestinación y casualidad de las que la historia del cine ofrece un muestrario inacabable.


Tras una serie de extraños asesinatos de agentes secretos británico y de la CIA en Kingston, Jamaica, el gobierno británico decide enviar a su mejor hombre para resolver la situación. La misión de 007 consiste en descubrir a los causantes de los crimenes y localizar una estación de radar y telecomunicaciones con una potencia capaz de desviar de su objetivo cualquier cohete lanzado desde Estados Unidos o la Unión Soviética. A su llegada a Kingston, James Bond se encuentra los primeros obstáculos: sufre varios atentados contr
a su vida, entre ellos el ataque de una tarántula venenosa, y ha de sortear el cebo de una fascinante oriental, Miss Taro. Sus primeras indagaciones le llegan a sospechar del profesor Dent, un afamado geólogo que posee un importante laboratorio de investigaciones. Las actividades de Dent y sus continuas contradicciones le llevan a sospechar que algo extraño ocurre en Crab Key, una isla propiedad de un extraño personaje chino que se hace llamar Dr. No (Joseph Wiseman).

El modus operandi del doctor No era puro Fu Manchú cruzado con el profesor Moriarty y Ming el Implacable. Pero su fortaleza insular, dotada de todos los adelantos tecnológicos, y sus secuaces, una guarnición de esbirros de una eficacia temible, eran simbolos de la era atómica.

Con la ayuda de su fiel compañero Felix Leiter y de Quarrel, un nativo jamaicano que afirma que la isla está embrujada y protegida por un dragón, el agente 007 se decide a investigar el lugar. Al llegar a sus costas descubre a Honey Ryder (Ursula Andress), una bella pescadora de conchas que le ayudará en su busqueda. Sorprendidos por una lancha patrullera del doctor No, deciden huir por la selva, siendo perseguidos y finalmente acorralados por el temible dragón, que resulta ser un tanque oruga pintado y decorado como una temible fiera para alejar a los intrusos. Quarrel cae abatido bajo las llamas lanzadas por el tanque mientras 007 y Honey son capturados y conducidos a la fortaleza del villano, quien les recibe con una extraña cordialidad.

Ursula Andress sólo acepto el papel de Honey Ryder porque quería viajar a Jamaica. Leyó el guión en una fiesta, junto a Kirk Douglas, y más tarde recordó que los presentes opinaron que esa película iba a provocar risa de puro mala.

El Dr. No le explica a James Bond sus planes: desviar la trayectoria de un cohete lanzado desde Cabo Cañaveral para que el mundo compruebe su poder y acceda a sus peticiones, que no son otras que dominarlo. Contra lo que pudiera parecer al principio, no trabaja para la Unión Soviética, país al que también odia, sino para una temible organización denominada S.P.E.C.T.R.A. (Sociedad Permanente Ejecutiva de Contraespionaje, Terrorismo, Revelión y Aniquilamiento). 007 y Honey logran desactivar sus instalaciones y eliminar la amenaza radiactiva, así como destruir el laboratorio. Ambos escapan en una lancha motora segundos antes de que la isla explote.
Sean Connery era el James Bond perfecto: guapo, viril, con carisma por arrobas y aire de heroe cinematográfico. Broccoli y Saltzman siempre habían querido un 007 duro, con Connery lo consiguieron.
Cuando el mundo podía dividirse en dos bandos y la "guerra fría" acaparaba los titulares de los periódicos, un personaje literario de singular trascendencia daba sus primeros pasos en las páginas de una novela titulada Casino Royal. Su autor, Ian Fleming, le bautizó con el nombre de James Bond, pero su denominación clave es 007, agente especial al servicio secreto de Su Majestad Británica con "licencia para matar". El cine no podía dejar escapar tan jugoso material, y de la mano de un avispado productor llamado Albert R. Broccoli nació el personaje cinematográfico más importante de las últimas décadas, un nuevo heroe que con el paso del tiempo ha llegado a convertirse en un fenómeno sociológico sin precedentes en la historia del celuloide.

Sean Connery, el primer James Bond, el más genuino, aportó al superagente una inquietante sofisticación y un sádico refinamiento en el arte de amar y matar. Su influencia en los años sesenta llegó a convulsionar al mundo. Tras el abandono de Connery, 007 navegó durante varios años a la deriva, hasta que los productores lograron encontrarle un nuevo cuerpo en el que reencarnarse: Roger Moore, un vehículo bastante aceptable aunque menos lujoso que el anterior. El nuevo agente con "licencia para matar" dio un giro irónico y disparatado al personaje y acertó, apostando por un tipo de aventuras a medio camino entre la comedia y la ciencia ficción. La fórmula funcionó al principio y las taquillas volvieron a aportar suculentos dividendos a los padres de la criatura. Pero el cambio degeneró en una parodia de si mismo, en un heroe descafeinado que se escudaba en hazañas circenses y en un aparatoso despliegue de efectos especiales para disimular el progresivo acartonamiento de Roger Moore. A mediados de los ochenta, los productores decidieron remontar el espíritu de antaño y pasaron a Timothy Dalton el testigo. La serie recupró parte e su frescura original pero no pudo remontar el vuelo. En los noventa, le tocó el turno a Pierce Brosnan, quien se enfrentó a la dificil tarea de devolver al mito algo de su charme original, lo consiguió pero no cosechó los éxitos esperados. Y entrando en el siglo XXI, el actor Daniel Craig pretende emular a sus antecesores, principalmente a Connery y parece que lo está consiguiendo. El futuro de 007 se presenta cuanto menos incierto, aunque como los millonarios con pedigree, el heroe más carismático de las últimas décadas puede permitirse el lujo de vivir de las rentas.