Bernard Lee y Lois Maxwell ( 1963 )

Como bien es sabido, James Bond no trabaja completamente sólo. A su alrededor encontramos a un equipo de fieles colaboradores. Su superior es "M" (Bernard Lee), un alto funcionario del ministerio de Defensa que siempre trató como un hijo al agente 007. En este personaje tenemos el principio de todas las novelas a la vez que una clara relación entre el dominante y el dominado. Mientras que Bond es indudablemente el gran heroe del relato, éste nada puede hacer sin las pertinentes instrucciones de su verdadero jefe, prototipo de hombre recto servidor de la autoridad. Su relación conlleva una ambivalencia de amor y odio recíprocos. Bond ironiza cuanto puede sobre su superior, aunque jamas le falta el respeto, y "M" admira y a la vez envidia a Bond por ser siempre el implacable ejecutor de las misiones de la patria.

Nunca menos acertada fue la elección de Lois Maxwell como la fiel secretaria Miss Moneypenny, la más ferviente y abnegada admiradora de 007, cuya capacidad de esperanza y sumisión no decae mientras el agente secreto siga siendo capaz de lanzar su bombín al aire y colgarlo de forma maestra en el perchero de su oficina.
Cuando el mundo podía dividirse en dos bandos y la "guerra fría" acaparaba los titulares de los periódicos, un personaje literario de singular trascendencia daba sus primeros pasos en las páginas de una novela titulada Casino Royal. Su autor, Ian Fleming, le bautizó con el nombre de James Bond, pero su denominación clave es 007, agente especial al servicio secreto de Su Majestad Británica con "licencia para matar". El cine no podía dejar escapar tan jugoso material, y de la mano de un avispado productor llamado Albert R. Broccoli nació el personaje cinematográfico más importante de las últimas décadas, un nuevo heroe que con el paso del tiempo ha llegado a convertirse en un fenómeno sociológico sin precedentes en la historia del celuloide.

Sean Connery, el primer James Bond, el más genuino, aportó al superagente una inquietante sofisticación y un sádico refinamiento en el arte de amar y matar. Su influencia en los años sesenta llegó a convulsionar al mundo. Tras el abandono de Connery, 007 navegó durante varios años a la deriva, hasta que los productores lograron encontrarle un nuevo cuerpo en el que reencarnarse: Roger Moore, un vehículo bastante aceptable aunque menos lujoso que el anterior. El nuevo agente con "licencia para matar" dio un giro irónico y disparatado al personaje y acertó, apostando por un tipo de aventuras a medio camino entre la comedia y la ciencia ficción. La fórmula funcionó al principio y las taquillas volvieron a aportar suculentos dividendos a los padres de la criatura. Pero el cambio degeneró en una parodia de si mismo, en un heroe descafeinado que se escudaba en hazañas circenses y en un aparatoso despliegue de efectos especiales para disimular el progresivo acartonamiento de Roger Moore. A mediados de los ochenta, los productores decidieron remontar el espíritu de antaño y pasaron a Timothy Dalton el testigo. La serie recupró parte e su frescura original pero no pudo remontar el vuelo. En los noventa, le tocó el turno a Pierce Brosnan, quien se enfrentó a la dificil tarea de devolver al mito algo de su charme original, lo consiguió pero no cosechó los éxitos esperados. Y entrando en el siglo XXI, el actor Daniel Craig pretende emular a sus antecesores, principalmente a Connery y parece que lo está consiguiendo. El futuro de 007 se presenta cuanto menos incierto, aunque como los millonarios con pedigree, el heroe más carismático de las últimas décadas puede permitirse el lujo de vivir de las rentas.